Al rememorar aquella Semana Santa de 1987, es difícil no revivir la sensación de angustia y aflicción que nos produjo.

Como parte de una generación joven entonces, en una democracia recién reconquistada y con el recuerdo todavía fresco de los años de violencia política y de dictadura, aquel primer levantamiento militar contra el gobierno del presidente Raúl Alfonsín tuvo todos los ingredientes dramáticos de una gesta histórica.

Aquellos rostros tiznados, los cuarteles alzados, aquel lenguaje perentorio. Del otro lado el pueblo movilizado en las plazas, los partidos políticos cerrando filas junto al gobierno, todas las organizaciones civiles y republicanas encolumnadas en defensa de la institucionalidad democrática y la firmeza del presidente Alfonsín.

La famosa frase de aquel domingo, ante la multitud en Plaza de Mayo, fue lamentablemente recortada y tergiversada. Se la quiso ver como una claudicación. Como una concesión a los planteos reivindicativos de los militares amotinados, cuando en rigor la secuela legislativa de aquellos hechos, la aprobación de la ley de obediencia debida, fue plenamente consistente con los tres niveles de responsabilidad en el accionar represivo de la dictadura planteados por Alfonsín durante la campaña de 1983. En verdad la frase completa fue “Felices Pascuas, la casa está en orden y no hay sangre en la Argentina”.

La última parte de la frase –oportunistamente para algunos relegada– encierra toda la sabiduría política y el coraje propio del estadista que era Alfonsín.

En efecto, la crisis se había resuelto sin derramar una gota de sangre. Ante la misma plaza que en tiempos no lejanos había conocido discursos incendiarios, Alfonsín pudo decir a los argentinos que podíamos volver a nuestros hogares en paz. Lo hizo después de afrontar él mismo la intimación a los cabecillas, en Campo de Mayo, todos los cuales fueron juzgados y ninguno pudo continuar su carrera militar. Se conserva fresca en mi memoria la viñeta del “Negro” (Carlos) Ortiz, el entrañable humorista de La Voz, que mostraba en la edición del lunes al presidente con dos huevos de Pascua en su mano celebrando la resolución pacífica de la sublevación.

Hoy podemos decir que aquella Semana Santa del ’87 fue una instancia liminar, un momento donde terminó algo y comenzó otra cosa. Las instituciones salieron fortalecidas ante este primer alzamiento autoritario. Y sin derramar sangre. Gracias a la determinación del pueblo, y con el liderazgo del presidente Alfonsín, supimos ese día que habíamos recuperado la democracia para siempre, a pesar de que el PJ lo dejó en soledad, exigiendo la continuidad de los juicios cuando antes habían apoyado la amnistía, que años después la votaron.

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