“Eran los años ’80, yo estaba en sexto grado de mi escuela en Bahía Blanca. En el fondo del patio donde pasábamos los recreos había apilados unos pupitres viejos, enormes y pesados. Llegaban hasta el techo. Solía jugar bastante con mis compañeritos varones, incluso ellos habían incorporado juegos nuestros como saltar la soga o el elástico. Una tarde, tomé la iniciativa y les propuse hacer algo diferente: trepar a los bancos a ver quién llegaba más alto. Enseguida se entusiasmaron. Yo me sentí bien, los lideré. Trepamos. Llegué alto”.

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