Hay un solo camino para mejorar el ingreso per cápita de los argentinos: acoplarse a los países que participan activamente en el comercio global. Muchas de las medidas que se han tomado en el Gobierno de Cambiemos (y hemos apoyado desde el Congreso), apuntan a restablecer la confianza, la seguridad jurídica y el clima de negocios para quienes inviertan en el país. Una de nuestras principales tareas como legisladores es abogar por normas que fortalezcan nuestra mentalidad global. Argentina tiene lo que se necesita en términos de recursos humanos, naturales y, particularmente desde fines de 2015, voluntad política para modernizar, clarificar y desburocratizar el comercio, con el objetivo de que las empresas argentinas ganen relevancia en un mundo en expansión comercial sostenida. La aprobación de la nueva ley de arbitraje comercial internacional constituye un paso vital.

En los últimos años, los países han buscado armonizar sus legislaciones mediante convenios multilaterales, incorporando herramientas para resolver diferencias comerciales que no puedan ser solucionadas mediante conciliación. Es el turno de nuestro país de brindar herramientas flexibles, rápidas y confiables para la solución de conflictos. Quienes se embarquen en operaciones transnacionales y decidan invertir en nuestro país, van a considerar las contingencias eventuales, la velocidad de la justicia y el costo. En otras palabras, los inversionistas siempre priorizan países con marcos legales claros.

El Arbitraje Comercial Internacional representa un método privado, certero, eficiente, imparcial y confidencial de resolución de conflictos. La ley marco a la que Argentina se adhiere en este momento, nació en el año 1985, cuando la Comisión de la Naciones Unidas para el Derecho Mercantil Internacional compuso una norma modelo que reflejó el consenso mundial acerca del arbitraje comercial internacional, con la enumeración de parámetros objetivos, listos para ser adoptados por el mundo.

El arbitraje es clave para aprovechar el crecimiento vertiginoso del comercio mundial. Para tener una perspectiva nítida, recordemos que en 1960, el Producto Bruto Mundial era de 1.354 billones de dólares y se expandió a casi 81.000 billones en 2017. De este total, la Argentina contribuye con 637.590 millones, lo que equivale a un modesto 0.79% de participación en el PBI mundial. Entre los Estados Unidos, China y Japón, el producto bruto combinado equivale a casi el 50% del total. O sea, tres países juntos producen lo que producen los restantes 190 países combinados, aproximadamente. Podemos pensar que se trata de países gigantes. Pero no se debe a eso, sino a condiciones que constantemente promueven la fertilidad en que los bienes y servicios pueden ser concebidos, creados y comerciados globalmente. Aún un país como Suiza, que tiene el tamaño de una provincia promedio de nuestro país, posee el PBI más grande que Argentina. Este contraste se debe a muchas razones, entre las que se incluye un largo período de tiempo en que el Estado ha desalentado a la producción con políticas tributarias asfixiantes y falta de apoyo a las PYMES y falta de apertura al mundo.

Los economistas de la Organización Mundial de Comercio anticipan que el comercio mundial seguirá creciendo en 2018 y 2019 (en 2017 tuvo su mayor aumento en seis años). La continuación de su expansión depende de que haya un crecimiento económico mundial y de que los gobiernos apliquen políticas monetarias, fiscales y sobre todo comerciales adecuadas. La ley de arbitraje internacional es necesaria para generar mejores condiciones de comercio exterior. Argentina debe poner la mirada en las oportunidades globales. Mirarnos el ombligo por 70 años no ha dado ningún resultado y esta es nuestra oportunidad de recuperar el rumbo hacia nuestro destino de grandeza.